Por: Laura Paola Fajardo Leal*

La apertura de la nueva sala temática del Museo Nacional de Colombia denominada “Tierra como recurso”, permite realizar un abordaje crítico más allá de la concepción de la tierra como medio o factor de producción y propicia una mirada hacia la tierra como multiplicidad de lenguajes, que hacen parte de un devenir histórico en el cual las prácticas culturales de los antiguos pobladores adoptan una significación propia que, en esencia, constituye un elemento fundamental de su identidad.

En consecuencia, se hace necesario cuestionarse acerca de las tensiones y contrastes que la sala propone a sus visitantes a partir de sus cuatro escenarios; ello, considerando la diversidad de lenguajes que componen los cuatro ejes temáticos del mencionado espacio (Tierra habitada, Tierra conquistada, Tierra explotada y Tierra representada) que permiten al espectador encontrarse con piezas arqueológicas, artefactos propios de actividades básicas de supervivencia de los pueblos que datan de tiempos anteriores al proceso de conquista del territorio, así como elementos significativos enmarcados dentro de este contexto y posterior al mismo. En efecto, la tierra es producto de una serie de trasformaciones, no solo de carácter geográfico e incluso ambiental, sino de cambios en los modos de concebirla. Es por esta razón que los cuatro escenarios exponen diferentes miradas en torno a cómo la relación del ser humano con la naturaleza ha sido una constante de variación conforme al desarrollo social.

En este sentido, el territorio se asume como polisémico en tanto coinciden en él numerosas miradas. Tierra habitada, el primer eje del recorrido en sala, presenta una visión panorámica frente a la biodiversidad y los primeros asentamientos humanos en las regiones que componen la geografía colombiana, haciendo especial énfasis en la manera cómo en los territorios se ha producido todo un vínculo con la tierra en términos de apropiación y aprovechamiento para la supervivencia; dos aspectos que se ven fuertemente trastocados por la conquista. En síntesis, Tierra habitada concibe el parentesco entre hombre y territorio de acuerdo con las prácticas sociales y culturales propias de los primeros habitantes.

El segundo eje temático referente a Tierra conquistada propone la tensión primaria de toda la exposición en tanto que permite realizar un abordaje de los cambios trascendentales en la adquisición y apropiación de la tierra durante el proceso de conquista, que  trajo consigo la reacción en cadena de todo tipo de explotaciones de minerales de los sectores céntricos hasta las periferias y que, a su vez, dio apertura a nuevas rutas de comercio de la producción existentes en el marco de esclavización de la población indígena.

A propósito de ello, resulta pertinente rememorar los planteamientos de Leopoldo Zea (1986) frente al proceso de descubrimiento de América como un momento histórico de ocultamiento de la identidad de los pueblos: “El mundo indígena fue visto como expresión de lo demoníaco y, por ello, destinado a desaparecer u ocultarse como una vergüenza (…) El mundo con el cual se encontraron los descubridores y conquistadores fue encubierto por los prejuicios de los mismos” (p. 23).

En efecto, los tiempos de conquista no solo propiciaron el surgimiento de diversas técnicas de explotación de los recursos de la tierra, que generaron afectaciones e impactos geológicos, ambientales y hasta culturales; sino que a su vez dieron a luz, paradójicamente, al ocultamiento de las prácticas autóctonas de los pueblos asentados en determinados sectores geográficos, lo que pone en evidencia no solo la llegada de los conquistadores al territorio, sino el quebrantamiento de la identidad de la población indígena. Al respecto, Zea (1986) afirma:

No ya sólo los problemas de la pugna entre conquistadores y conquistados, españoles e indígenas, sino la pugna interna, la que dentro de cada nacido en esta región se expresará en diversas formas dando un sello peculiar a la historia de la misma. Pugna interna racial y cultural en hombres que se sentirán obligados a elegir entre dos expresiones de su identidad. (p. 24).

En este sentido, se esclarece la dualidad existente entre todo aquello que subyace como parte de un conjunto de tradiciones autóctonas antes de la conquista y el debilitamiento de las mismas en consonancia con la esclavitud y el mestizaje durante y después de esta época; ello pone de manifiesto que la identidad no solo se encuentra delimitada por las piezas halladas en tiempos posteriores, sino en el territorio mismo en donde se tejen relaciones humanas que se ven intensamente fragmentadas por la vulneración de la tierra.

Lo anterior permite adentrarse a la concepción otorgada por el tercer espacio de la exposición denominado “Tierra explotada”, en donde se materializa el acto de trabajar la tierra como parte de los hábitos comunes de la población asentada. En este orden, es pertinente considerar el cómo a partir de la línea cronológica situada al fondo de la sala se establece toda una perspectiva propia de las transformaciones en términos del territorio desde el siglo XVI a nuestros días. “Transformando la nación: ganadería, extractivismo y monocultivos” refiere precisamente a la amplitud de la noción de “Tierra como recurso”, en la cual la explotación de la misma adquiere un rol primario a considerar dentro del impacto social, ambiental y económico del país a lo largo de los años.

Las interpretaciones nacientes a partir de todo lo expuesto anteriormente desembocan en el último eje: “Tierra representada”, en donde se amplifica aquella diversidad de lenguajes que se postulaba al inicio del presente documento y se realiza un recorrido en torno al valor simbólico de las transformaciones subyacentes de la tierra como recurso y más allá del recurso a partir de réplicas pictóricas, piezas arqueológicas, resultados materiales de investigación etnográfica, producción textil, alimenticia, etc., y que reúnen sígnicamente el mundo prehispánico y posterior a la conquista. Es de resaltar la pertinencia del material audiovisual y la accesibilidad al contenido; este propicia un contraste entre la concepción moderna del territorio (instalaciones, publicidad, fotografía, obras de arte) y la consideración del territorio propia de los pueblos indígenas.

Para finalizar, resulta imprescindible acentuar el hecho de la vulnerabilidad de la identidad de los pueblos que no solo hace parte de la historia misma, sino de la tierra habitada y que, por supuesto, no puede reducirse a una mirada exclusiva de tierra como recurso representada a partir de cuatro espacios. Pareciese inconcebible pensar en el territorio dejando de lado las huellas de los pies que lo han recorrido y ocupado, en una tierra que, en palabras de Leopoldo Zea, es un “gigantesco crisol de razas y culturas en donde se forja la identidad” (p. 29)

Referencia:

Zea, L. (1986) “Capítulo 1: Descubrimiento e incubrimiento” En: Zea, L. (1986) América como autodescubrimiento. Bogotá, Colombia: Universidad Central (p. 19-31)

*Docente en formación en el área de Licenciatura en Educación básica con énfasis en Humanidades y Lengua Castellana – Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

 

¿Qué ocurre con las Humanidades?*

Por: Bruce Cole**

Seamos realistas: demasiados académicos de las humanidades están enajenando a los estudiantes y al público con su opacidad, trivialidad e irrelevancia. Un buen ejemplo de ello es este pasaje del Manifiesto de las Humanidades, un libro recientemente realizado por el director de un instituto de humanidades en una universidad de Estados Unidos:

“Al escribir este libro, llegué a ver el nuevo tema de los académicos como un acto performativo  de singularidad apasionada, materialidad híbrida y de relacionalidad en red. Este es un modo en el cual el investigador de las ciencias humanas está posiblemente convirtiéndose en post-humano, y en académico posthumanista. El locus del pensamiento, para el estudioso prosteticamente extensible unido a lo largo de las corrientes de la relacionalidad en red, es un asunto de conjunto”.

Si bien no se puede negar la importancia de las humanidades,  este tipo de escritura y pensamiento nos da una muy buena idea de por qué tantos académicos están enajenando a quienes podrían beneficiarse más de ellos.

Es innegable que, durante siglos, las humanidades han hecho importantes contribuciones a otros campos de investigación, tales como la medicina, el derecho y la ingeniería, por citar apenas algunos. Lo ideal sería que los administradores universitarios, ejecutivos de negocios, directores de fundaciones, políticos y muchos otros (tanto en el sector privado como en el público) pudieran y debieran beneficiarse de los conocimientos y la sabiduría arraigada en las humanidades. Por desgracia, estas personas se están alejando cada vez más de su estudio en nuestros colegios y universidades.

Noté esto cuando fui presidente de la Fundación Nacional para las Humanidades, una agencia federal constituida para llevar sus beneficios a todos los estadounidenses. Esto me dio una visión cercana y personal del estado de las humanidades a nivel nacional. Esa experiencia fortaleció mi fe en su importancia, pero también me dejó con serias dudas acerca de cómo se están transmitiendo sus valores y conocimientos.

Permítame explicarlo. El presidente es, por ley, la única persona en el organismo que decide lo que obtiene financiación. Grupos de pares examinadores integrados principalmente por académicos hacen recomendaciones para los premios. Tales recomendaciones se envían al Consejo Nacional de las Humanidades; una junta compuesta por veintiséis miembros académicos y ciudadanos. Seguidamente, el Consejo hace sus propias recomendaciones y las envía al presidente, quien toma la última y única decisión sobre el desembolso de los fondos.

Debido a que yo tenía que aprobar personalmente cada subvención, asistí a  cientos y cientos de grupos de exámenes de pares para asegurarme de que había tomado decisiones informadas. También leí miles de postulaciones. Durante los siete años que fui presidente, esto me dio una visión única de todas las disciplinas dentro de las humanidades pero, para ser breve, limitaré mis observaciones al contenido de los solicitantes de becas de investigación NEH. Aproximadamente la mitad de todas las postulaciones a la NEH son para este tipo de becas, la mayoría de estas de profesores de humanidades en escuelas profesionales y universidades de la nación. En promedio, sólo el 8 por ciento de estas son financiadas.

Mi experiencia con estas postulaciones fue, por decir lo menos, decepcionante. Las debilidades y tendencias que he observado en estas merecen un examen, pues ilustran los problemas más grandes en la academia de hoy.

La oscuridad no es una virtud intelectual

Un gran número de postulaciones estaban escritas, y mal redactadas, en una jerga de moda impenetrable. La opacidad de la prosa académica, gran parte de ella apoyada en ese ininteligible hablar sobre teoría (como la carreta mencionada arriba), ha sido durante mucho tiempo objeto de debate, e incluso burla, gran parte bien merecida.

En algunas partes de la academia, esa escritura oscurantista es vista como un signo de genialidad, pero es algo que nunca he entendido. Supongo que soy muy pasado de moda en la creencia de que la escritura clara es el resultado del pensamiento claro y que el uso de la jerga a veces es la manera perezosa para evitar el esfuerzo de pensar. Cualquiera que sea la causa, muchos libros y artículos escritos por profesores de humanidades son innecesariamente opacos. Además, un gran número de las postulaciones que leí tratan sobre increíblemente diminutos fragmentos de los campos de conocimiento de los demandantes, una especie de atomización de la investigación.

Ahora, yo no estoy en contra de inmersiones profundas en temas aparentemente arcanos. No hubo más ferviente defensor y partidario de fondos para  El  Lexicon Integral Arameo o El  Diccionario Sumerio que yo, porque esos trabajos con referencias aparentemente oscuras adelantan y enriquecen nuestro conocimiento sobre sus importantes temas. El problema era, sin embargo, que muchas de las propuestas que pidieron el apoyo para sus proyectos no lo hacían. Eran simplemente frívolas y no añadían ningún valor perceptible a sus campos de estudio. No todo el conocimiento es igualmente útil; algunas aplicaciones exitosas propusieron proyectos que eran comprensibles y podrían tener un impacto y contribución importante a los estudios humanísticos.

Igualmente decepcionante fue el hecho de que un gran número de postulaciones se apegaban a los mismos senderos agrietados, pisados por primera vez por las humanidades postmodernas de los años sesenta y setenta. Hubo uniformidad y conservadurismo entre ellos, lo que indica la falta de ideas nuevas. En lugar de generar nuevas ideas, estas propuestas me dejaron con la sensación de que su vida ya había expirado años atrás. Fueran cuales fueran sus temas, los solicitantes a menudo veían sus investigaciones exclusivamente a través de la misma lente predecible en cuanto a raza, clase, género, teoría, o aspectos triviales de la cultura popular. Eran muy raros los enfoques nuevos y originales en las diversas áreas de las humanidades.

Muchas de las postulaciones también se inclinaban fuertemente hacia la defensa de una causa u otra. El acta de NEH prohíbe la financiación de este tipo de aplicaciones, pero sería un error no verlos como un reflejo de la militarización de las humanidades académicas para la promoción de programas sociales o políticos, algo que, estoy seguro,  todos desaprueban.

Más allá de la torre de marfil

La mayor innovación de la que fui testigo fue el principio del uso serio y prometedor de la Internet y la tecnología digital para la investigación y difusión de las humanidades. Considero que este es uno de los campos más prometedores, pero todavía subutilizado, entre los nuevos desarrollos para la mejora de los estudios humanistas. Esto me resultó particularmente alentador, ya que como presidente de la NEH me tomé en serio la misión institucional de promover la amplia difusión de las humanidades para todos nuestros ciudadanos. Pocas becas de humanidades salen del contexto de la academia para influir en los que mueven los hilos de las políticas públicas.

Ahora bien, no todos los estudiosos pueden o deben escribir para el público en general, pero deben tratar. Tomemos la historia, por ejemplo. No hace mucho tiempo, los académicos escribían libros que eran bien recibidos y ampliamente leídos por el público en general. Hoy en día, con raras excepciones, son los periodistas quienes escriben los libros más leídos por miles de lectores. Es cierto que algunos de sus trabajos se basan en investigaciones académicas, pero su éxito radica en que ellos están entrenados en escribir narrativas convincentes. Ellos escriben los libros que la gente realmente quiere leer.

El trabajo de muchos humanistas académicos se mantiene dentro de la torre de marfil, precisamente, porque escriben solo para otros estudiosos dentro de sus propias sub-especialidades. Esta tendencia se agrava durante el proceso de revisión, en el que por lo general se premia a las becas que hayan sido revisadas por pares en escenarios académicos, pero se ve con recelo a los libros y artículos con un atractivo más popular.

Mala enseñanza amenaza el futuro de las Humanidades

Como ex miembro de un comité de planta y miembro del consejo de una gran universidad pública, vi que estos comités dan demasiada atención a la investigación y muy poca a una excelente enseñanza. La enseñanza es, después de todo, uno de los vehículos más importantes para la transmisión de las humanidades a los futuros formadores mundo.

Hay una máxima que dice algo como, “La investigación es a la enseñanza como el pecado es a la confesión: sin una no se puede tener la otra”. Sin embargo, gran parte de la investigaciones descritas en tantas solicitudes a la NEH tenían un vínculo sutil con las responsabilidades de enseñanza de los candidatos, lo que hacía imposible discernir la conexión entre las dos. Es por esto que instauré un nuevo concurso de becas para apoyar la investigación NEH que estuviera conectada directamente a la enseñanza de los candidatos.

No es ningún secreto que los departamentos de humanidades de todo el país han experimentado un descenso en el número de estudiantes matriculados. Un estudio encontró que entre 1970 y 2004 la inscripción a pregrados en departamentos de Inglés bajó del 7,6 al 3,9 por ciento, y que en Historia se redujo de 18,5 a 10,7 por ciento. Ha habido también disminuciones significativas en otros departamentos de humanidades. En una generación, de acuerdo con el mismo estudio, el número de “quienes estudian humanidades se redujo de un total de 30 por ciento a un total de menos de 16 por ciento.” Esto es lamentable. Los futuros abogados, médicos, científicos e ingenieros deberían estar tomando estos cursos y usar lo que aprenden para que puedan aplicar los beneficios del conocimiento humanista en sus propósitos creativos.

Creo que gran parte de este descenso se debe a que los estudiantes se alejan de ellas por la poca importancia e irrelevancia de alguna de las partes en el plan de estudios de humanidades. En otras palabras, ellos están detectando y rechazando los mismos atributos que observé mientras leía las postulaciones a las becas de la NEH.

No es solo cuestión de dinero

Mucho del canon  en humanidades estaría en desacuerdo con este diagnóstico. En su lugar, culparían la caída de las humanidades al auge de los estudios en administración, a un creciente énfasis en los campos de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas;   y al hecho de que los padres solo quieren pagar por una especialidad que creen que puede ofrecer un trabajo lucrativo a sus hijos. Obviamente, hay algo de verdad en estas observaciones. Sin embargo, está claro que la profesión de las humanidades no ha logrado un argumento lo suficientemente fuerte sobre su propia importancia, en últimas,  para la prosperidad de los departamentos de humanidades en las universidades. Es una lástima. Hay muchos académicos excelentes, sensibles, y creativos que deben lograr un mejor argumento a favor de una profesión que suele ser su pasión así como su carrera.

Periódicamente, hay estudios  de la academia lamentando esta “Crisis de las Humanidades”. En mi opinión, tales informes ignoran o pasan por alto los problemas actuales de la investigación y enseñanza en humanidades. Ellos deliberadamente ignoran la raíz del problema, que es el estado de deterioro de las humanidades en sus propias instituciones, para lo cual deben asumir gran parte de la culpa.

Me temo que la NEH es responsable de una parte. Ha fracasado, sobre todo en los últimos años, en cumplir su tarea principal: promover las humanidades para todos los ciudadanos americanos. Su estructura de concesión de subvenciones es esclerótica. Ha cambiado poco desde el inicio del NEH hace medio siglo, cuando en las últimas cinco décadas ha tenido que ser testigo de un cambio importante en las ciencias humanas. Es una institución envejecida y anticuada, que requiere de grandes reformas o, si esto no fuera posible, su privatización o incluso eliminación.

De hecho, en los últimos años, los fondos de la NEH, y su propia existencia, han sido atacados por algunos miembros del Congreso que afirman, no siempre sin razón, que es una agencia federal financiada por los contribuyentes, pero que sirve principalmente a las élites culturales. Esta no es la primera vez que esto sucede, lo nuevo es que, aparte de sus varios cabilderos y  presidentes de universidades, la NEH ahora tiene muy pocos defensores.

Esto dice mucho no solo sobre la NEH, sino también del apoyo para las humanidades en general. La situación no mejorará hasta que aquellos alarmados por lo que ha ocurrido en sus campos comiencen a construir un argumentación, más allá de sus propios intereses profesionales, para esta parte esencial de nuestra cultura y la sociedad.

*Publicación original What’s Wrong with the Humanities?

Traducción:  Diana Carvajal Contreras.  Revisión: Carlos Serrano.

**Bruce Cole es un becario senior en el centro de políticas públicas y ética en Washington, DC.  Entre 2001 y 2009, fue presidente de la National Endowment for the Humanities (NEH). Él es un ex profesor distinguido en la Universidad de Indiana y autor de catorce libros.

 

Apuntes sobre el divorcio entre la arqueología y la antropología

Por Juan Carlos Vargas Ruíz*

Hace unos días leía una nota que publicó la colega Diana Carvajal sobre si debería la arqueología divorciarse de la antropología. Creo que la respuesta a esa pregunta no es tan fácil de responder. Uno diría inicialmente que sí cuando piensa en términos prácticos. Para nadie es un secreto que en muchos departamentos de Antropología como aquel que menciona la nota (al igual que en nuestro país), para los colegas sociales pareciera que no es importante invertir en investigación arqueológica. Puede ser porque los recursos en nuestras universidades son escasos y por tanto sujetos a competencia o porque sencillamente se desconoce y/o niega la importancia de la arqueología. Tanto el elemento económico como el político juegan un papel importante al momento de decidir esa separación entre la arqueología y la antropología. Si como un departamento independiente la arqueología logra recursos para investigación uno pensaría que el divorcio debería consumarse y de esta manera la cuestión quedaría saldada, cada uno reclamaría los hijos, repartirían los bienes y la arqueología y la antropología seguirían su propio camino. Sin embargo, creo que otros elementos deben considerarse. Por ejemplo, ¿este divorcio se daría en términos tan radicales que llevarían a la negación teórica, filosófica y moral de cada una de estas ciencias? De hecho ya está ocurriendo y es claro el divorcio que existe entre la antropología y la arqueología en el país desde ya hace más de dos décadas. Vivimos la era de la antropología compartimentalizada, donde cada una de las disciplinas vive alejada de la otra, en cajones asépticos donde ninguna puede contaminarse de la otra. Creo que este camino es errado ya que lo que le da sentido a la arqueología y la antropología es el mutuo diálogo. Recuerdo el viejo lema procesual, “la arqueología es antropología o es nada”. Nosotros los arqueólogos debemos nutrirnos de la antropología social en nuestras investigaciones, no podemos ignorar los aportes que nuestra disciplina hermana ha hecho y continua haciendo a nuestra disciplina. Es indudable que necesitamos la teoría antropológica cuando hacemos arqueología. No solo para guiarnos en el estudio de cuestiones como el poder, la desigualdad social, la dominación, la violencia, el género, los sistemas de explotación, la diversidad cultural, la identidad o la memoria. También como una forma de acercarnos a las comunidades entre las que trabajamos. Solo el conocimiento antropológico nos puede ayudar a comprender que en torno al patrimonio arqueológico hay distintas dinámicas que involucran distintos actores sociales, con intereses particulares y muchas veces contradictorios. Es la antropología la que nos lleva a pensar ¿cómo podemos hacer posible que a partir de lo que hacemos los arqueólogos las comunidades cambien su percepción de sí mismas? ¿Cuál es el sentido que puede tener la afirmación apropiación social del conocimiento? ¿Podemos pensar en una política cultural y científica desde el estado y las universidades en torno al patrimonio arqueológico? ¿Existe una economía política de la arqueología en Colombia? ¿El pasado tiene un uso político y por tanto una “intención”? Estas son preguntas que se han planteado en distintos momentos desde la arqueología en Colombia y que demuestran cómo el pensamiento antropológico es necesario en la disciplina. Para mi es claro que la arqueología lo quiera o no necesita de la antropología. La pregunta de si la antropología social necesita a la arqueología debe ser contestada por los colegas sociales. Así que volviendo a la cuestión de si la arqueología debería divorciarse de la antropología, la respuesta sería sí y no. Si, cuando pensamos en términos de independencia administrativa y de recursos para la investigación. No, cuando pensamos en la formación académica, la interacción con las comunidades, y la gestión del patrimonio. Creo que hablar de un divorcio entre la arqueología y la antropología se parece entonces a la pareja que se repartió los hijos y los bienes. Creo que es válido pensar en escuelas de arqueología siempre y cuando tengamos en cuenta las lecciones aprendidas y no echemos en saco roto el pensamiento antropológico. Como siempre es una simple opinión que pueden o no compartir y está como siempre sujeta a un respetuoso debate. Como decía un gran amigo y profesor en clase: “que se abra una flor y lluevan mil escuelas”.

*Juan Carlos Vargas Ruiz. Antropólogo, Doctoral Candidate Department of Anthropology University of Pittsburgh. Docente en el programa de Arqueología de la Universidad Externado de Colombia.

¿Por qué la arqueología necesita divorciarse de la antropología?

Por PHIL OCTETES* **

¿Un divorcio? ¿En serio?

¿Por qué después de más de un siglo como parte de una disciplina con cuatro campos podría la arqueología en América del Norte sentir que no tiene otra opción más que buscar una separación formal y permanente de los  otros campos de la antropología? (Para quien no esté familiarizado con la disciplina de la antropología, se divide en cuatro campos: antropología cultural y arqueología – los dos más grandes – además de antropología biológica y el campo de la antropología lingüística siempre sub-representado). Esta solicitud está profundamente arraigada en la manera en que los campos han surgido, lo que se les enseña y tal vez lo más importante es donde cada uno ve su futuro.

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En una infografía de Huffington Post sobre por qué las parejas se divorcian, basado en una encuesta de la firma de abogados Slater y Gordon, las razones que se aplican a las relaciones humanas también parecen aplicables a lo ocurrido en la antropología a lo largo de mi carrera. En la parte superior de la lista, razón 1 es “Infidelidad”, y si bien esto no parece inmediatamente aplicable a la antropología, voy a volver a este punto  al final. Razón 2, “Éramos infelices” parece totalmente aplicable a la antropología. Como profesor asistente y parte de ese gran porcentaje de la comunidad académica que ha tenido dificultad para obtener en una posición titular, puedo decir desde mi propia experiencia en varios departamentos de antropología en universidades y colegios de artes liberales, en los Estados Unidos y Canadá, que todavía tengo que encontrar un departamento “feliz”.  En su mayor parte, he enseñado en todos los departamentos y estos han sido fracturados en el mejor de los casos en grupos pequeños de individuos que socializan en su campo base. Los antropólogos biológicos parecen (quizá siguiendo a los primates  que muchos de ellos estudian) para ser los más “sociales”, mientras que los antropólogos culturales y los arqueólogos raramente se mezclan fuera de la sala de comité.

Razones 3 y 4 siguen estrechamente relacionadas en este dilema: “Discutimos demasiado” y “Se nos cayó de amor”. Relaciones mordaces entre los campos pueden ser intensas y en mi reciente experiencia, demasiado comunes. Mi departamento actual ha tenido dos búsquedas de candidatos para suplir un puesto de trabajo fallidos,  debido a la acritud entre los arqueólogos y antropólogos culturales, y un tercero fue llenado por el candidato menos desagradable para ambos grupos, más bien el candidato preferido por cualquiera. El más reciente desastre ha dejado la sensación de un departamento destrozado; los antropólogos culturales dejaron de hablar a los arqueólogos de manera significativa, con las puertas de la oficina cerradas. Argumentos y aislamientos habían terminado lo que había sido una relación bastante estrecha.

Razón 5, “No nos comunicamos ya” y la razón 6, “Queríamos cosas diferentes” parecen estar en la raíz de la ruptura de la unión de los campos de la antropología. En parte esto se refiere a que cada uno ha evolucionado con el tiempo, con estos cambios cada vez más llevando antropología cultural y arqueología en diferentes direcciones como disciplinas distintas. Todas las personas asociadas con la antropología cultural hoy, muestran un enfoque de investigación cada vez más sociológico. Muy pocos antropólogos culturales están ahora involucrados en etnografía (visto por muchos como demasiado relacionada con el pasado colonial para ser útil en el estudio académico moderno), aunque la etnografía es la raíz del desarrollo de este campo: nos proporciona la oportunidad de estudiar “los otros” en lugar de solo nosotros u otras personas como nosotros (que es el foco principal de la sociología moderna).

Al mismo tiempo, la arqueología se ha convertido por su más estrecha alineación en teoría, método y práctica con las disciplinas de las ciencias físicas, ciencias biológicas, ambientales y geofísicas así como las relaciones de larga data con las ciencias geográficas. Los arqueólogos han abrazado firmemente el uso del método científico, y en el Reino Unido, un departamento fue retitulado la Escuela de Investigación de Arqueología y las Ciencias arqueológicas.

Razón 7, “Ellos cambiaron”, es una afirmación que tanto arqueólogos como antropólogos culturales pueden hacer uno del otro: la mayoría de antropólogos culturales (con disculpas a los antropólogos aplicados, que todavía parecen abrazar la etnografía) se han convertido en sociólogos y los arqueólogos se han vuelto más firmemente comprometidos con el método científico, mediante el análisis y recopilación de datos  para apoyar la discusión y la interpretación del pasado humano. Todo esto ha llevado a una situación donde la razón 8 parece oportuna: “No nos sentimos como socios ya”. Lamentablemente, esto es cierto no sólo para mi actual Departamento, sino también en muchos otros departamentos universitarios donde escuchamos rumores de descontento entre los campos, especialmente entre arqueología y antropología cultural. Hasta el momento, esta ruptura en la relación rara vez ha llevado a la razón número 9, “Eran abusivos,” – pero démosle tiempo al tiempo.

Al final de la lista, la razón 10,  aunque  para  muchos investigadores académicos debería estar al inició de la lista: “Teníamos problemas de dinero”. La investigación académica moderna, especialmente el tipo de enfoques multidisciplinares actuales con múltiples socios, como la arqueología, son muy dependientes de la financiación de la investigación. Donde un antropólogo cultural puede necesitar un poco de la financiación de viajes y un asistente de investigación o dos, la arqueología tiene gran demanda para financiar la investigación de calidad, con un gasto más en consonancia con la física y Ciencias naturales que con su viejo socio.

Y aquí es donde volvemos a la razón número 1: “Infidelidad.” Con esto quiero decir que ha habido una falta de “fe” de cada uno de los socios claves en esta relación. La antropología cultural y arqueología ya no tienen fe en el enfoque adoptado por el otro socio. En las últimas competiciones en  el Consejo de Investigación para las Ciencias Sociales y Humanidades (al menos los últimos cuatro ciclos en Canadá), la Comisión de Antropología/Arqueología ha estado dominada por los antropólogos culturales (a veces  ocho de cada 10) y parecen tener poco interés en los enfoques científicos de sus socios de arqueología, a pesar a menudo de estar altamente clasificados por comentarios externos. Esto conduce  a un grave dilema para los arqueólogos: sin fondos, no hay investigación.

Además, mientras que la antropología cultural había estado coqueteando con la historia ya en la década de 1970 y 80, ahora está claramente enamorada de la sociología, algunos de estos intereses parecen ser devueltos por los ojos errantes de otras disciplinas. ¿Expertos en Sociología, desarrollo internacional y la geografía humana aún están todos ansiosos por tener en sus manos el método por excelencia de la antropología cultural: el trabajo de campo  y la observación participante, generalmente sin el crédito apropiado (pero que no siempre es la manera con asuntos secretos)?  Mientras tanto los arqueólogos están cada vez más en la cama (espero que no literalmente) con los expertos de las disciplinas científicas en sus excavaciones ¡Cuánto nos hemos alejado de los años amantes de la década de 1960 cuando la arqueología procesual y la ecología cultural estaban tan cómodas juntas! Así que en mi opinión, es hora de un divorcio. Una clara ruptura y separación en dos disciplinas distintas parece la mejor solución para todos los interesados.

Pero ¿quién tendrá a los niños (si puedo referirme de esta manera a los campos minoritarios de antropología biológica y lingüística)? La antropología lingüística elegiría quedarse con la antropología cultural, puesto que ya comparte mucho con el campo establecido de la sociolingüística (en sociología). Sospecho que la antropología biológica optaría por la casa de la arqueología, puesto que comparten el método científico y el estudio de la evolución de los homínidos. La agrupación se describe a menudo de esta forma ya en libros de texto actuales con un enfoque de los cuatro campos de la antropología.

Sí, me parece que un divorcio es el mejor camino a seguir, y podría traer una sensación de alivio a todas las partes involucradas. No sólo terminaría el trauma continuo en departamentos y  salones de comité, pero un divorcio permitiría también a la  antropología cultural y arqueología, finalmente, desarrollarse y crecer sin la sensación de grilletes a una pareja que simplemente no entiende ya.

*Phil Octetes es profesor adjunto de Antropología en una universidad canadiense. Este no es su verdadero nombre.

**Traducción Diana Carvajal Contreras docente de Arqueología de la Universidad Externado quien si usa su verdadero nombre.

Publicado originalmente en University Affairs

Solo 2 arqueólogos han obtenido su título profesional en Colombia

Por María Fernanda Martínez, Periodista Universidad Externado de Colombia.

Arqueología en Colombia

En diciembre de 1913 el antropólogo Konrad Theodor Preuss llegó a San Agustín en el alto río Magdalena, enviado por el prestigioso Museo Etnológico de Berlín. Allí realizó, hasta marzo de 1914, las primeras excavaciones arqueológicas de las que se tenga noticia en Colombia, investigaciones que relató en su “Carta de viaje desde Colombia”, publicada en la Zeitschrift für Ethnologie.

Preuss, quien prolongó su estancia en el país hasta 1919 por el inicio de la Primera Guerra Mundial, tuvo la oportunidad de convivir en sus viajes con los Huitoto, los Coreguaje y los Tama, y recorrió prácticamente todo el país de sur a norte por el Río Magdalena hasta encontrarse con los Kogi. El alemán fue el primero en realizar una descripción científica de una cultura prehistórica colombiana.

Desde sus inicios, la arqueología ha sido una ciencia rodeada de todo un halo de misterio y romanticismo. En Indiana Jones, por ejemplo, Harrison Ford le da vida al profesor Henry Walton Jones Jr., un intrépido arqueólogo, cuyos viajes en busca de ciudades misteriosas, templos y tesoros escondidos lo consagraron como uno de los aventureros más famosos de la historia del cine.

Sin embargo, más allá del mundo de ficción del séptimo arte, en la realidad la actividad profesional de los arqueólogos es crucial para la identificación y conservación del patrimonio cultural de los países. La Constitución Política de Colombia, en los artículos 63 y 72  reconoció la importancia de los bienes arqueológicos del país, y entregó al Estado la responsabilidad de velar por su cuidado.

Y es que el patrimonio arqueológico colombiano no es de poca monta. Hoy el país tiene siete lugares declarados como Patrimonio de la Humanidad según la Unesco; el puerto, las fortalezas y el conjunto monumental de Cartagena; el Parque Nacional de Los Katíos; el Parque Arqueológico de San Agustín; el Parque Arqueológico Nacional de Tierradentro; el Centro Histórico de Santa Cruz de Mompox; el santuario de flora y fauna de Malpelo; el paisaje cultural cafetero y el sistema vial andino Qhapaq Ñan.

En 1997 la Ley General de la Cultura entregó algunos lineamientos para la protección del patrimonio de la nación, y estableció que son los arqueólogos los únicos acreditados para intervenir sobre este tipo de bienes a través de Autorización para la Intervención sobre el Patrimonio Arqueológico que expide el Instituto Colombiano de Antropología e Historia ICANH.

En la actualidad, cualquier persona o empresa, pública o privada, que realice actividades que impliquen el movimiento de tierras, como proyectos de construcción, redes de transporte de hidrocarburos, minería, infraestructura vial, así como los demás proyectos que requieran licencia ambiental, deben contar con ésta licencia. De ahí que entre 2002 y 2012 las solicitudes de licencias ante el ICANH se hayan incrementado en un 900%.

Según cifras de dicha entidad, en Colombia hoy 506 arqueólogos y 296 auxiliares se encuentran trabando en empresas del sector minero, energético o de hidrocarburos como Ecopetrol, Pacific Rubiales, EPM, Codensa, ISA, así como en organizaciones dedicadas al desarrollo de estudios de impacto ambiental y en el de la construcción.

Los arqueólogos ‘made in’ Colombia

En el país  los primeros departamentos de antropología abrieron sus puertas en la década de 1960 en las universidades de los Andes, Nacional, del Cauca y de Antioquia. Allí, la gran mayoría de los  profesionales obtuvieron sus títulos de pregrado como antropólogos, y posteriormente tomaron cursos o programas de posgrado en métodos y técnicas arqueológicas en instituciones educativas dentro y fuera del país.

Sin embargo a nivel internacional la situación es otra. En 1930  México se convirtió en el primer país del continente en abrir la primera Licenciatura en Arqueología, y a partir de 1970 esta ciencia comenzó a propagarse por las universidades latinoamericanas. En la actualidad existen 40 universidades que ofrecen programas de pregrado en la región.

En 2008 la Universidad Externado de Colombia, aprovechando el conocimiento y la trayectoria de su Facultad de Estudios del Patrimonio Cultural y la experiencia de la Facultad de Ciencias Sociales,  abrió el primero, y hasta hoy el único, programa de pregrado en arqueología con el que cuenta nuestro país.

“La idea es formar arqueólogos que no solo manejen las técnicas de investigación y competencias propias de la arqueología, sino que además desarrollen habilidades en la gestión y divulgación del patrimonio cultural del país, a través de disciplinas como la museología y la restauración de bienes que hoy ofrece la universidad. Frente a la región hay un rezago enorme en cuanto a la formación de arqueólogos integrales, conocedores de la teoría y la práctica de ésta disciplina”, aseguró José Luís Socarrás, Director del Programa de Arqueología de la Universidad Externado de Colombia.

Desde su creación, el programa ha formado a 50  estudiantes, de los cuales dos, Manuel Lozano y Martha Beatriz Mejía,  se convirtieron en los primeros arqueólogos formados 100% en Colombia. Seis estudiantes más se encuentran hoy a la espera de obtener su título profesional.

Manuel tiene 27 años y recuerda que desde que era un niño soñó con ser arqueólogo. Sin embargo, cuando se graduó del colegio no había en el país programas de pregrado en esta disciplina. Ingresó entonces al programa de pregrado en Antropología de la Universidad Externado de Colombia, y según cuenta “el plan era especializarse en algo de arqueología después”.

Cuando se dio la oportunidad presentó los documentos con los cuales solicitó el traslado al recién estrenado programa de Arqueología. El 30 de abril de 2014, y luego de presentar una rigurosa investigación en la que analizó la dieta de una población de hace más de 6.000 años a partir de restos óseos, obtuvo el diploma que lo acredita como el primer arqueólogo colombiano graduado de un programa de pregrado en el país.

Desde entonces, Manuel no ha estado un solo día desempleado. Siendo aún un estudiante comenzó a trabajar en Nueva Esperanza, que es considerada la excavación arqueológica más grande del país. Posteriormente apoyó a la empresa contratista encargada de la peatonalización de la Carrera Séptima y hoy trabaja en un proyecto que Ecopetrol se encuentra desarrollando en Cundinamarca, Meta y Casanare.

“Los proyectos de infraestructura de alto impacto se han convertido en una fuente de trabajo para los arqueólogos; como abarcan grandes extensiones de territorio, deben tener un plan de manejo ambiental y arqueológico en el que inevitablemente deben incluirnos. Existen otros campos como la investigación, el trabajo con museos y, en general, la producción de conocimiento en los que podemos desenvolvernos”, aseguró.

Por su parte, Martha Beatriz Mejía recibió su título el 2015, y actualmente trabaja en la Fundación Tierra Firme, donde tuvo la oportunidad de hacer parte del equipo que realizó las excavaciones arqueológicas desarrolladas recientemente en los antiguos teatros del barrio Getsemaní en Cartagena de Indias.

Su tesis de grado, que obtuvo una mención meritoria, indagó sobre las plantas y los alimentos que consumían los nativos del caribe colombiano hace 6.000 años, mediante el análisis de partículas de almidón extraídas de algunos utensilios de la época y de la mandíbula de una mujer adulta encontrada en Monsú, departamento de Bolívar.

Y es que a pesar de tratarse de un programa pionero, los arqueólogos de la Universidad Externado de Colombia reciben un exigente componente investigativo a lo largo de su carrera. Gracias a esto 4  de las tesis de grado que se adelantan en la facultad fueron evaluados por pares académicos externos de entidades como el Banco de la República, ICANH y la Fundación Alejandro Ángel Escobar, que aportaron los recursos necesarios para su financiación.

La expedición de la Ley del Patrimonio Cultural Sumergido en julio de 2013, abre un nuevo campo de acción para los arqueólogos colombianos y, en general, para los profesionales del sector que deben atender la demanda de un área donde los expertos se cuentan con los dedos de la mano.

Fuente: Universia

¡Arqueólogos, a acreditarse!

El pasado 30 de enero, antes de su retiro de la dirección general del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), Fabián Sanabria Sánchez dejó firmada la resolución número 15 de 2015 por la cual se crea e implementa el Registro Nacional de Arqueólogos en Colombia -RNA, a la vez que se establecen los requisitos para acreditarse como arqueólogo ante el Instituto, ente rector en esta materia en nuestro país.

Aunque un borrador de los aspectos básicos contenidos en la resolución hecho público a finales del año pasado causó revuelo entre un numeroso grupo de antropólogos que ejercen la arqueología en Colombia, la verdad es que el Instituto venía trabajando en el tema desde hace algún tiempo, entre otras cosas, debido a que lo que hace esta resolución es desarrollar la Ley General de Cultura (Ley 697 de 1997 y Ley 1185 de 2008) y, en especial, el decreto reglamentario 763 de 2009 en relación con la intervención sobre el patrimonio arqueológico y de los profesionales acreditados para tal fin en nuestro país.

La resolución establece que podrán ser inscritos en el RNA:

  • Profesionales con título de pregrado*, maestría o doctorado en Arqueología otorgado por instituciones académicas reconocidas por el Ministerio de Educación Nacional, en nuestro país o en el exterior. En Colombia no existen programas de formación de posgrado que conduzcan específicamente al título de Magíster o Doctorado en Arqueología como ocurre en países como Francia o Canadá.
  • Profesionales con título de pregrado en Antropología obtenido en Colombia y que acrediten trabajo de grado en arqueología y/o haber cursado y aprobado cinco cursos intensivos cuyos contenidos estén asociados directamente con la arqueología, cada uno con una duración mínima de 45 horas (lo que corresponde a un curso de aproximadamente 3 horas semanales durante 16 semanas);
  • Profesionales con título de pregrado diferente al de arqueólogo o antropólogo y que acrediten actividades en el campo de la arqueología por un tiempo no menor a 5 años y/o la publicación de dos artículos o un libro de carácter científico sobre temas arqueológicos; y
  • Profesionales que hayan obtenido previa y formalmente autorizaciones de intervención sobre el patrimonio arqueológico (es decir la mayoría de quienes de profesionales cuya actividad gira en torno al trabajo directo con el patrimonio arqueológico).

La decisión del ICANH puede leerse en dos sentidos. Desde una perspectiva, no cambia nada. La resolución formaliza lo que antes era una simple lista de arqueólogos con algunos datos básicos publicada en la página web del Instituto. De hecho, los procedimientos de licenciamiento, por lo menos hasta ahora, seguirán igual: evaluación individual de los proyectos y de la idoneidad para intervenir el patrimonio arqueológico de cada solicitante. Ni siquiera será obligatorio obtener el carné que acredita a los profesionales ante el ICANH. Como expresó el Subdirector Científico Ernesto Montenegro, en la audiencia pública realizada en diciembre pasado para socializar la iniciativa, el registro estará en línea para consulta por parte de cualquier ciudadano y este procedimiento, el de registro, según el artículo cuarto de la resolución, será gratuito.

En otro sentido, la resolución significa un gran avance para la organización del ejercicio arqueológico en Colombia puesto que hasta ahora funciona únicamente a través de la relación entre un profesional autodenominado arqueólogo y el ICANH, a través de las licencias de intervención sobre el patrimonio arqueológico otorgadas por este último. Es de celebrar que la iniciativa se enfoque en el tema de la idoneidad de quienes pueden intervenir sobre el patrimonio arqueológico debido a que, como es bien sabido, se trata de un recurso no renovable y de una enorme importancia para la sociedad y para las comunidades que viven cerca de los sitios arqueológicos. No hay que olvidar que el patrimonio arqueológico pertenece a la Nación y requiere un tratamiento especial en términos de su intervención, gestión y manejo.

Es de esperar que una vez se implemente en lo técnico el mecanismo de registro, los profesionales graduados que cumplan con los criterios exigidos para el proceso de acreditación puedan ejercer sin restricciones su profesión, sin pasar por el odioso proceso de ‘adquirir’ experiencia como auxiliar de un proyecto antes de recibir una licencia.

Un caso diferente es el de los estudiantes o recién graduados de antropología, quienes deberán cumplir con el mínimo de asignaturas exigido por la nueva normativa o cumplir con el requisito del trabajo de grado. No en todos los programas de antropología se ofrece el número mínimo de materias de arqueología o se contempla el trabajo de grado como requisito para obtener el título respectivo. Ello significa que algunos programas deberán ajustar sus planes de estudio ampliando la oferta de asignaturas con contenidos arqueológicos.

Otro tema que ha pasado desapercibido en relación con esta iniciativa es el hecho de que entre los arqueólogos registrados y acreditados se elegirá al representante del gremio ante el Consejo Nacional de Cultura, órgano de asesoría y consulta del Ministerio de Cultura y del Gobierno Nacional en materia cultural e instancia superior de asesoría del Sistema Nacional de Cultura en la cual hace varios años no participan arqueólogos representación del gremio.

Es de lamentar que sea finalmente el ICANH quien toma la decisión de establecer quién representa a los arqueólogos en un escenario nacional en el que la representación debería surgir del seno de una organización gremial.

Por ahora sólo sabemos que los dos primeros acreditados son los ilustres arqueólogos Gonzalo Correal Urrego y Héctor Llanos Vargas, profesores eméritos de la Universidad Nacional de Colombia. Por eso es que, arqueólogos, a acreditarse.

José Luis Socarrás Pimienta, antropólogo.

*El Externado ofrece desde 2008 el único pregrado en Arqueología en Colombia (Código SNIES 52602).

EL MUSEO ENTRE LA REPRESENTACIÓN Y LA INTERPRETACIÓN

La polémica alrededor del término “representar” en el  museo surge con las preguntas: ¿A quién debe representar? y ¿Por qué debe representar?

Si bien la representación es una actividad creadora de la humanidad y por lo tanto inherente a nuestra naturaleza, el término está relacionado con la necesidad de contar historias para darle sentido a nuestra existencia y encontrar nuestro lugar en el mundo. Es por eso que la acción de representar es parte del  proceso que creó la cultura humana: La religión, la  ciencia, la historia y el arte son representaciones de las creencias, de los fenómenos físicos, del devenir de sociedades e individuos, de las expresiones creativas, respectivamente.

Sin embargo, lo que los museos hicieron a lo largo de su historia fue manipular dichas formas de representación en función de un solo discurso de validación, que en la mayoría de los casos se identificó con las formas en que los grupos que han ostentado el poder religioso, cultural o político ven a las sociedades en las que están inscritos.

Es por eso que el problema de la representación, dentro del museo, surge cuando lo representado es el producto de una sola visión del mundo. Bajo esa mirada, las exposiciones se tornan monotemáticas, las guías monolíticas, los textos rígidos y los recorridos dentro de las salas inflexibles. Por el contrario, y en las dinámicas de los museos contemporáneos, la representación necesita de muchas voces para tener un sentido más amplio, ello para contrarrestar los relatos unidireccionales y autoritarios. Esto se hace posible por medio de la participación en donde se proponen y discuten ideas y procesos, lo que nos otorga la posibilidad de poner en duda las cosas y, por ese mismo camino, de transformar nuestra propia visión y acción de manera crítica. Es entonces cuando la representación se convierte en interpretación, ésta última entendida como un conjunto de  tensiones y múltiples formas de ver, asimilar y apropiarse del patrimonio cultural que los museos custodiamos.

Por consiguiente la tarea de los museos contemporáneos es darle mayor cabida a estos procesos de participación en los que se pongan en duda las ideas autoritarias, la unicidad y de paso las ideologías excluyentes e intolerantes,  y con ello, identificar que la responsabilidad de las personas que trabajamos en estas instituciones es dar a conocer al público que no deseamos  imponer un discurso, sino que por el contrario, que estamos dispuestos a dialogar para hacer del trabajo de representar un proceso de interpretación que refleje la variedad y dinámica de las sociedades de las que hacemos parte y a las que el museo está dispuesto a servir.

(Este texto fue publicado en el mes de diciembre de 2014 por la Junta Directiva de la Asociación ICOM-Colombia, de la cual hace parte y participa activamente la Facultad de Estudios del Patrimonio Cultural de la Universidad Externado de Colombia).